couscous con espinacas y tomates deshidratados

 

Ey… me has pillado sigo vivo. Pero es que la vida en la “gran ciudad” me ha tenido tan absorbido que de repente ha pasado un año desde la última vez que os escribí por aquí.

Entre mis nuevos propósitos para el curso 16/17 (yo siempre he sido más de hacerlos cuando llega septiembre que antes del año nuevo) está eso de escribir más, y para escribir más, cocinar más y mejor, más sano.

Desde que me vine a Madrid descuidé mucho mi salud en cuanto a alimentación, pero ahora que he empezado a ir al gimnasio y a entrenar con Francesc y a probar nuevos ingredientes y recetas más saludables, no puedo dejar de no compartirlo con vosotros. Y es que un viaje con amigos, con conocidos, es siempre más entretenido y llevadero.

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Lo bueno de este viaje es que yo lo empecé hace tiempo (aunque lo dejé apartado, y volví a comer fatal, como antes de ponerme enfermo), pero las cosas han cambiado, de repente, estoy cansado de ponerme excusas a mí mismo en cuánto a comer bien.  (Y no, no voy a dejar de comer/hacer tartas de vez en cuando; ni a dejar de tomar azúcar a veces). Además mi dieta está basada en comida coreana, en el kimchi, el gochujang, el doengjang (miso coreano), y todo esto es sanísimo, así que eso que nos llevamos.

No vamos a dejar atrás la cocina coreana, ni todo lo que hemos aprendido hasta ahora, pero por ahora empecemos con recetas más sanas y súper fáciles de preparar…

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Couscous integral con espinacas y tomates deshidratados

Una de las mejores cosas de esta receta es que se prepara en poquito tiempo y es una cena perfecta para un día entre semana. Podéis cambiar el gochugaru por pimentón normal, aunque el toque ahumado del gochugaru bien vale la visita al supermercado asiático.

para 1

  • 4 ó 5 tomates deshidratados
  • 1/2 taza de couscous integral
  • 1 chucharada de aceite de oliva
  • 1 cuarto de cebolla blanca, picada.
  • 4 puñados de espinacas frescas
  • 1/2 cucharada de gochugaru
  • zumo de media lima
  • sal y pimienta
  • anacardos (opcional)

Lo primero es poner agua a hervir. Ya sea en una olla o en un hervidor eléctrico. En dos bols pequeños ponemos, por un lado, los tomates deshidratados, y por otro el cous cous.

Una vez el agua haya hervido, cubrimos los tomates de agua hirviendo. En el otro bol vertimos media taza de agua hirviendo sobre el couscous y tapamos.

Mientras reposan tanto el couscous como los tomates deshidratados, rehogamos la cebolla en una sartén con el aceite ya caliente hasta que esté traslucida. Añadimos después las espinacas, salpimentamos y esperamos a que vayan pochándose. Cuando empiecen a perder firmeza añadimos el gochugaru (o pimentón) y mezclamos bien para que se mezclen los sabores.

Una vez pochadas las espinacas rociamos con el zumo de lima y mezclamos bien.

Volviendo al couscous, con un tenedor lo separamos para poder servirlo bien en un bol. Picamos los tomates.

Encima del couscous cubriendo la mitad del bol ponemos las espinacas y los tomates. En la mano machacamos un poco los anacardos y lo colocamos encima del couscous.

¡Y a disfrutar!

(Se puede servir con una rodaja de lima o dos por si se quiere usar un poco más del zumo).

verde, que te quiero verde

Admito que cocino poco con verduras, y eso que, por ejemplo, me encantan las espinacas, las vainas y el brócoli. Pero este es el territorio de mi madre, la mujer más saludable a la hora de comer que conozco.  El caso es que llegan las Navidades, ese tiempo del año en que comemos como si no hubieramos comido en el resto del año, en el que sacamos todas esas recetas que sólo usamos una vez al año (que si la pata de cerdo asada, que si pavo, que si pulardas). Y claro, luego está el turrón, los polvorones, el turrón, las almendradas… ¿He hablado ya del turrón?

Y claro, uno necesita compensar, para que el impacto después sea menor. Sobre todo, teniendo en cuenta, que todavía acarreo el peso (de más) de las vacaciones (Bath, Asturias por partida doble y Madrid) y que, para fastidiar, tengo cita con el cardiólogo justo después de Reyes y me va a cortar el michelín con una sierra eléctrica.

Conste que yo lo intento. Lo juro, pero luego veo hojaldre o una maleni (o dos, o tres) y claro, me pongo tonto y quiero comer más dulce del que debería. (Propósito del año: comer menos dulces y cocinar más saludable. Tengo miedo de ser como Bridget Jones y no mantener mis propósitos. Veremos).

Esta semana me he prometido a mí mismo el intentarlo de verdad, y me he puesto manos a la obra con esta receta vegetariana.

El caso es que me ha dado mas trabajo el fotografiarla que cocinarla, porque mira que queda feo un puré verde (y más si tiene tropezones, como este) en foto, pero con la ayuda de un par de patatas, y un poco de crème fraîche, hemos conseguido que no quede tan horrible. Pero lo realmente importante es lo buenísimo que está.

Obviamente, para hacerlo más healthy si quieres, usa aceite vegetal en vez de mantequilla, y no uses crème fraîche.

Crema de espinacas

  • 25 g. de mantequilla
  • 200 g. de patatas, peladas y cortadas en daditos
  • 300 g. de puerros, limpios y picados en tiras
  • 300 g. de espinacas
  • 300 ml. de caldo vegetal
  • sal y pimienta
  • zumo de limón
  • nuez moscada
  • crème fraîche
  • rayadura de limón

Fundimos la mantequilla a medio fuego en una cazuela de tamaño medio. Agregamos la patata y el puerro. Los dejamos cocerse a fuego lento durante unos diez minutos.

Agregamos 200 g. de espinacas y las tapamos, cociéndolas unos 3 minutos. Salpimentamos y añadimos la mitad del caldo.  Llevamos a ebullición y dejamos cocer 20 minutos tapando la cazuela parcialmente.

Después trituramos la mitad de la sopa hasta obtener una textura homogénea. Lo devolvemos a la cazuela.

Por último, trituramos las espinacas que faltan con el resto del caldo y la incorporamos a la sopa. Entonces añadimos el zumo de limón (al gusto) y una pizca de nuez moscada, recién rallada). Recalentamos a fuego lento.

Si se quiere una crema algo más liquida, se puede añadir un poco más del caldo.

Servimos en unos cuencos y adornamos con algo de crème fraîche y un poco de ralladura de limón. Esto es opcional, pero queda muy cuqui.

batido de plátano y yogur griego para merendar

Últimamente he de cuidarme más. A veces me cuesta. Siempre he sido demasiado fan de la bollería industrial, de ponerme chato a gominolas y de comer hasta hartarme. Pero, eso se tiene que acabar.

A veces, por la tarde me da hambre, y me comería un caballo (más bien, un café con leche, con su consiguiente empacho de galletas Chiquilín). Tengo la tentación en casa, es la verdad, pero no vamos a quitar todas las galletas del desayuno para que a la tarde no me dé por ponerme chato, así que, intento encontrar alternativas algo más saludables.

No que las Chiquilín no sean healthy, que lo son, pero no en plan dos docenas. Ya me entendéis.

Y, antes de seguir dejadme que me explaye con el tema “healthy vs. no healthy“. Primero que una cosa sea saludable no quiere decir que no engorde, y es posible que una cosa no sea saludable y adelgace. Vamos que lo “light” no siempre es “healthy“. Yo siempre utilizo el máximo posible de ingredientes naturales y ecológicos. Como lo menos posible con grasas saturadas e intento mantener un orden de lo que como. Aquí es fácil, porque los supermercados y tiendas de barrio de toda la vida de nuestra zona tienen buenos proveedores que incluyen baserritarras con huertas y carnes con Eusko Label, etc.

Lo importante es usar ingredientes buenos, que sabes de donde vienen y comer con moderación todo aquello que te pueda hacer daño. Yo no como muchos embutidos ya, mal que me pese, debido a que el alto contenido en grasa de algunos puede sentarme mal, pero eso se traduce en que como poco, pero el día que como chorizo, como del bueno, vamos, del buenísimo que te cagas, ese que hacen la casona de al lado del pueblo donde mis padres tienen la casa del pueblo, vamos.  Se me entiende, ¿no?

Pues eso, menos protein shakes y más pollo de corral y mantequilla natural.

Sigamos con lo que nos competía, que me pongo rollo “Lady Gaga en una marcha a favor del matrimonio igualitario” y me subo por los vericuetos de Úbeda y luego no hay Dios que me baje. Y es que yo soy de comer poca fruta de postre. Y el sólo hecho de pensar en comerme una pieza de fruta a media tarde, me da una pereza insufrible. No te voy a mentir, la fruta y yo, somos poco amigos, pero hace tiempo que me he ido fijando en la moda del smoothie, o milkshake: el batido de toda la vida, vamos.

Así que me ha dado por hacer pruebas. Por ahora el más reseñable es este que os traigo hoy. Necesita poco: un plátano maduro, un yogur griego (el mío desnatado, pero vamos, cada uno lo que quiera, claro), y alguna cosita más.

Algunas tardes, aquellas en que libro de la librería, o en fin de semana, me gusta darme un homenaje. A veces toca tomarse un batido, con un poquito de miel para endulzarnos la vida. Te recomiendo encarecidamente darte el homenaje. Es como bailar por qué sí. #SuchFun.

Batido de plátano y yogur griego
para 2 pequeños o 1 grande

1 plátano
125 g. de yogur griego desnatado
½ cucharada (tbsp.) de miel
1 puñadito de cereales integrales
235 ml. de leche semidesnatada

Combinar todos los ingredientes con la ayuda de una batidora. Beber inmediatamente.

Otros batido de plátano a tomar en cuenta son este y este. De Joy the Baker.